Los televisores nos espían

 
Imagina que estás disfrutando tranquilamente de tu programa preferido de televisión sentado en tu sofá. Sin embargo el usuario no es consciente de que la televisión le está espiando registrando lo que ve y durante cuanto tiempo. Un sistema presente en nuestros televisores registra toda la actividad y toda esta información posiblemente vaya a parar a empresas que comercializan dicha información que vale oro para los anunciantes.
 
Al comenzar a usar el televisor hay que aceptar las condiciones de privacidad recabadas en documentos extensos que muchas veces ni siquiera son fácilmente comprensibles.
 
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Los servicios que hemos aceptado aplican un sistema llamado Automatic Content Recognition (ACR) que rastrea lo que aparece en pantalla en todo momento y cómo interactúa el usuario con ese contenido. El fin parece legítimo: al saber los hábitos de cada usuario se puede sugerir un contenido acorde a sus gustos en una extensa y creciente parrilla de programas. Pero el problema no reside únicamente en la acumulación de datos de hábitos del usuario, sino en una función incluida en la plataforma que vincula esta información con los dispositivos móviles del usuario y de esta manera se conoce con mayor profundidad sus hábitos no solo de consumo televisivo.

Se puede renunciar a estos servicios no aceptando las condiciones de privacidad, pero no es raro que se obligue al usuario a aceptarlas con las actualizaciones de la plataforma que vayan llegando. Más allá del evidente valor añadido de las recomendaciones de contenido, servicios como Samba TV (que no es muy conocido) pagan a las marcas por tener preinstalados sus programas en los equipos, y con un margen menguante en la venta de equipos, parece demasiado tentador como para negarse…

La tecnología nos facilita la vida, pero también puede complicárnosla en función del uso que se haga de la misma. Normativas como la recientemente aprobada RGPD (Régimen General de Protección de Datos) se supone que protege nuestra privacidad, pero al final suele ser habitual tener que aceptar la política de privacidad para un correcto uso de un determinado servicio, además son muy pocos los que se detienen a leerlas. Quizá sería más interesante ofrecer un modelo estándar menos extenso y más claro para los que trabajan con servicios tecnológicos y así que el usuario sepa con claridad lo que acepta.
 
Tal vez los juristas deberían trabajar codo con codo con los mejores programadores y hackers (que no crackers) para conseguir sistemas más seguros y con mayor privacidad real. Hoy día para proteger de forma efectiva la privacidad hay que renunciar a usar Facebook o Whatsapp, por ejemplo. Además, protegerse de los agujeros de seguridad de los sistemas como los televisores inteligentes o los teléfonos inteligentes, puede resultar complejo para el usuario final.
 
Fuente: elpais.com
 

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